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CRÓNICA DE INTEMPERIES
Cuando era chico yo me escapaba al puerto a ver los barcos. Hoy miré el reloj, agobiado por el dolor de cintura propio de mis años y la cantidad de horas que pasé en la cama. Una impiadosa resaca me embrutecía los sentidos y por las persianas entreabiertas el sol me taladró los párpados; pese a todo conseguí levantarme y andar, al menos hasta el baño (en movimiento estos achaques iban a desaparecer, me dije).
Otra vez había faltado al trabajo. La inminente jubilación me tenía irascible, y a veces pasaba un par de días sin aparecer por la oficina. El departamento que alquilé para mi amante era un refugio ideal, sobre todo desde que ella y mi esposa me dejaron para irse a vivir juntas.
Pero aquel era el día señalado: estaba en mi agenda, en mi conciencia, en mi destino, y no quise resignar la ceremonia por ninguna causa física ni metafísica. Como pude corrí la cortina de plástico, hice girar la canilla de la ducha, me paré desnudo bajo el chorro de agua tibia y aproveché para dormir otro poco, o al menos estuve unos minutos semiinconsciente en esa posición, con riesgo de resbalar y desnucarme.
El café recalentado me devolvió a la vida real, según llamaba presuntuosamente a mis días. En el botiquín del baño se quedaron la ociosa alianza, los anteojos, el reloj de pulsera y una vieja cadenita (como esqueletos de otro barco).
No me afeité, aplasté con saliva mis tres pelos, me vestí con esmerado desaliño y puse los pies en unas zapatillas viejas, comodísimas. Ya en el living desenchufé el televisor, borré sin escuchar los mensajes del contestador automático, corté el teléfono, desactivé el módem, cerré la notebook que estaba siempre encendida, bajé las persianas, fui apagando las luces y luego salí del departamento.
Trajiné la escalera para no verme en el espejo del ascensor; eché en la basura del consorcio los vencimientos, intimaciones, ofertas de candidatos partidarios, predicadores, gimnasios y cabarets.
Salí a la calle. Tampoco quise ver las caras de la muchedumbre, las estridentes marquesinas, los afiches ni las señales de tránsito. Tiré el celular por una alcantarilla; ignoré el rumor del subte, ahí abajo, como una furia de muertos trepando para arañarme las suelas (o sirenas de barcos que zarpan para siempre).
La intemperie fue mi guía.
Caminé hasta que se acabó el asfalto y empezó la tormenta; anduve en perfecto desequilibrio sobre el filo de la ciudad anochecida, entre súbitos charquitos, adivinando el puerto, allá cerca, en su bruma.
Deambulé varias horas por la serena oscuridad, hasta quedar sin desaliento.
Al fin solo, perplejo, empapado, busqué el muelle y vi mi cara en el espejo aceitoso del mar, justo donde un barco hace mucho se llevó al que pude haber sido. Me incliné otro poco.
En el borde más resbaladizo de la noche sentí que aquel barco regresaba y me traía de vuelta.
Edgardo Ariel Epherra
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